Mostrando entradas con la etiqueta Cuaresma. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Cuaresma. Mostrar todas las entradas
9:01 | Autor Iglesia Hogar

Ya estamos transcurriendo la Cuaresma, estos 40 días de preparación para la Pascua. Muchas veces asociamos este tiempo con renuncias, con pesares, con caras tristes y muchos "no". Sin embargo la Cuaresma es el tiempo de los "SÍ".



 
Cuaresma es tiempo de Sí
SÍ a la esperanza, de que mi vida puede ser diferente si me dejo trabajar por Dios.

SÍ al salir de la pereza y el aburrimiento, y ponerse a trabajar por un mundo mejor.

SÍ a la oración, al encuentro cercano y personal con Dios que prueba las miles de formas para llevarnos a ese lugar de encuentro con su amor. Te ama y quiere que lo ames asi como sos. (Al respecto: "Amame tal como eres" de Charles de Foucauld).

SÍ a la conversión. "Convertir" viene de transformar... crecer es parte de la vida e implica una conversión.

SÍ al perdón. A perdonar a los demás, pero por sobretodas las cosas animarme a ver cuanto Dios me perdona y desde ahí perdonarme a mí mismo.

SÍ a la ofrenda de la vida, sabiendo que sólo entregando la vida la ganamos y la vivimos con pasión.

SÍ a conocer el valor de tu vida, que mereció la entrega del mismo hijo de Dios en la cruz por vos. "Me amó y se entregó por mi" Gal 2, 20.

SÍ al entusiamo, a prepararnos con alegría para vivir en plenitud la Semana Santa.

SÍ al dejarnos sorprender. Mirar alrededor y descubrir cuánta belleza en la creación, en las personas. Dios nos habla en todas las cosas.

SÍ a las búsquedas. Cualquiera que sean, este es un buen tiempo por dejarte interpelar por ellas.

SÍ al amor.  Amar y amar mucho, en eso consiste la vida en dejarnos amar y aprender a amar. La Semana Santa es la semana del amor... amor incomprensible e inabarcable de Dios por la humanidad toda y por cada uno de nosotros.

Y tantos SÍ más. La Cuaresma es tiempo de "SÍ". ¡Animate a dar el gran SÍ"

Fuente: Oleada Joven - Radio Maria
7:33 | Autor Iglesia Hogar


Cuaresma de la alegría

Escrito por Mons. Manuel Sánchez Monge,

Obispo de Mondoñedo- Ferrol


¿Cuaresma y alegría? Parece pura contradicción. Y sin embargo la cuaresma es el camino que nos conduce a la Pascua, la gran fiesta cristiana, la fiesta de la alegría por excelencia. No es un tiempo de tristeza, sino de alegría. Vivir la Cuaresma en negativo sería casi blasfemo. No mortificaciones, sino vivificaciones; penitencias para la conversión; no culpa, sino gracia. Los sacrificios son para la generosidad. Las mortificaciones nos llevan a una vida mejor.
La Cuaresma es un tiempo gozoso, no es privación, sino enriquecimiento. No es negatividad, sino creatividad. Es un esfuerzo por renovar, construir y conquistar. Ayuda a crecer, a rejuvenecerse, a desarrollar las mejores cualidades, a estar más contentos con nosotros mismos. El compromiso hacia fuera no tardará en llegar. La conversión puede exigir a veces una terapia liberadora. Hay que renunciar a todo lo caducado, a todo lo que en nosotros se ha pasado de fecha.
Convirtámonos a la vida y a la felicidad. Cuando sentimos la vida interior, cuando nos centramos en el amor, cuando captamos y compartimos la vida de los demás, cuando nos abrimos al misterio de la vida, entonces experimentamos la libertad y el gozo de existir. Nos convertimos, no en poseedores, sino en adoradores; no en coleccionistas de arte, sino en artistas; no en repetidores, sino en creadores. El que 'es' siente, vibra, crea, crece, ama, vive. Es calidad de vida. Apegarse al tener es otra cosa. Porque poseer es apego, endurecimiento, idolatría. El tener cosifica y deshumaniza. Lo que ganamos en cantidad de vida, lo pierdes en calidad.
Convirtámonos al amor solidario. La vida y la felicidad están en el amar, en el compadecer, en el compartir, en el vivir con y para los demás. Nuestro vivir es con-vivir. Vivir en solidaridad es calidad de vida, porque el otro es para nosotros, no rival, sino estímulo y complemento de nuestra personalidad. Crucifiquemos el egoísmo y el individualismo. Rompamos esa tendencia a encerrarnos y clausurarnos en nosotros mismos. El egoísmo va matando en ti el amor, que es la auténtica vida: «el que no ama está muerto». El individualismo nos convierte en seres odiosos y recelosos. El narcisismo nos transforma en seres infantiles y estúpidos. El egoísmo es también injusto, por no ofrecer a los demás lo que tienen derecho a recibir de nosotros. Compartamos bienes y talentos, que para eso se nos han dado. Abandonemos posturas cómodas no solidarias. Salgamos de nuestros refugios y pongámonos en camino. Con los ojos, las manos y el corazón bien abiertos. Enseguida encontraremos compañeros de viaje y hombres tirados al borde del camino. Aprenderemos la alegría del compartir. Así seremos semejantes a Dios, que es comunión de vida. Y prolongaremos sus manos bienhechoras en la vida de los hombres.
Convirtámonos a la verdadera oración. Al orar nos abrimos al Ser, nos dejamos invadir por el Amigo y contemplamos, agradecemos, adoramos y amamos.
Orar es entrar dentro de nosotros mismos para poder descubrir a Dios en nuestra más íntima intimidad. Y, al mismo tiempo, es descubrir al Dios presente en las demás personas, en los acontecimientos de la vida, en la naturaleza toda. Orar es dejarse interpelar por la palabra de Dios, es acercarnos al 'libro vivo' que es Jesucristo. Orar es entrar en la verdad y la profundidad de todo, ver y escuchar, sentir y comprender y trabajar y relacionarse y amar.
Ayunemos de palabras y deseos inútiles. El silencio exterior e interior ayudan a entrar en el misterio. Concentrémonos. Somos complicados y estamos agitados, inquietos, nerviosos, a veces rotos por dentro. Nos falta tiempo y nos sobran prisas. Así no podremos orar. Es cuestión de pacificarse. Es cuestión de relativizar y buscar prioridades, aceptando limitaciones. Es cuestión de organizarse. La Cuaresma nos puede ayudar a comprender que sólo Dios basta.
Un corazón nuevo
La metáfora ya es muy conocida, pero tiene hondura. Hay una operación radical a la que todos podemos someternos: es la operación de corazón. No es cuestión de limpiar o trasplantar una arteria o de poner una válvula más o menos. Es un trasplante total. "La enfermedad que padece el mundo, la enfermedad principal del hombre, no es la pobreza o la guerra, es la falta de amor, la esclerosis del corazón". Es el diagnóstico de Madre Teresa de Calcuta. O sea, que tenemos el corazón necrosado, un corazón de piedra. Necesitamos que nos pongan un corazón nuevo. Y que Dios nos haga transfusión de su sangre, oxigenada con el aire del Espíritu. Pero no nos asustemos. Lo "gracioso" es que este trasplante ni cuesta ni supone tanto sacrificio. Es más un don que una operación, es más una gracia que una terapia. Lo único necesario es que nos dejemos cambiar.
Necesitamos un corazón nuevo que sea de veras corazón, un corazón tejido de ternura y benevolencia, un corazón grande y sensible, un corazón compasivo y misericordioso. O sea, un corazón parecido al Corazón de Dios.
La misericordia es lo que define a Dios. Cuando Moisés quiere conocer su gloria, es decir, su intimidad, su realidad más profunda, y le pregunta por su nombre, recibe esta respuesta: «Yahveh, Yahveh, Dios misericordioso y compasivo, tardo a la ira y rico en bondad y fidelidad» (Ex. 34, 5-7).
Compasivo y misericordioso. En hebreo son palabras tomadas de los sentimientos y gestos maternales. Dios es Padre con entrañas maternales. Siente como una madre cuando lleva a su hijo dentro. Dios se conmueve por sus hijos hasta la compasión y la ternura. Esta misericordia de Dios se ha manifestado definitivamente en Jesucristo. Por eso se le conmovían fácilmente las entrañas: ante el enfermo, ante el hambriento, ante el pecador, ante todo el que sufría.
¿Qué se nos pide en esta Cuaresma? Solamente una cosa, que nuestro corazón rebose misericordia para poder acercarnos y acercar a los demás a infinita misericordia del Dios de Jesucristo. ¿Eso es poca cosa? Es lo más grande que podemos hacer, la Cuaresmamás hermosa que podemos practicar. La más hermosa y la más necesaria. Porque vivimos en un mundo sin misericordia. Un mundo duro, frío, competitivo: un mundo que crea soledad, que divide y enfrenta a los hombres. Un mundo deshumanizado, sin entrañas, sin corazón.
En este mundo nuestro no hay misericordia para los vencidos, para los débiles, los pobres, los ancianos, los enfermos y minusválidos, para las víctimas, para los fracasados.
Cuaresma: en ella queremos entrar como camino para llegar a la alegría pascual un poco más resucitados.
10:21 | Autor Iglesia Hogar

Los criterios inmediatistas y eficientistas poco a poco han invadido nuestra cultura. El máximo rendimiento con el mínimo esfuerzo, la inmolación del esfuerzo, del tiempo, de valores profundos y hasta de afectos vitales en vistas a un objetivo de corta duración que se presenta como plenificante en lo social o económico. De esta filosofía de vida, casi aceptada universalmente, no está exenta la vida de fe de los cristianos. Si bien la fe del discípulo se afianza y crece en el encuentro con Jesús vivo, que llega a todos los rincones de la vida y se nutre en la experiencia de ponerse de cara al evangelio para vivirlo como buena noticia que ilumina el andar cotidiano, podemos correr el riesgo de mirarlo de “reojo” y quedarnos sólo con una parte.

Hace algunos domingos, después de pronunciar el Sermón del monte, Jesús nos dijo “para que vean sus buenas obras y glorifiquen al Padre que está en los cielos”. Frente a esta palabra tan determinante podemos conformarnos con hacer algunas buenas obras y darnos por satisfechos. La propuesta del Señor es más ambiciosa. Nos propone un obrar “desde la bondad” que tiene su raíz en la fuerza del Espíritu que se derrama dinámicamente como don de amor para todo nuestro vivir. No se trata solamente de hacer obras buenas, se trata de obrar con bondad. Estamos en la puerta de la cuaresma y la tentación que podemos tener es la de reducirla a ciertas buenas prácticas que finalizan en la pascua, desperdiciando el caudal de gracia que puede significar este tiempo de conversión para toda nuestra vida.

Nuestro ayuno cuaresmal puede ser rutinario y llegar a ser un gesto maniqueo más que profético consistente en «cerrar la boca», porque la materia y los alimentos son impuros: cuando el ayuno que Dios quiere es partir el propio pan con el hambriento; privarnos no sólo de lo superfluo, sino aún de lo necesario para ayudar al los que tienen menos; dar trabajo al que no lo tiene curar a los que están enfermos en su cuerpo o en su espíritu; hacernos cargo de los que sufren el azote de la droga o ayudar a prevenir la caída de tantos; el denunciar toda injusticia; el trabajar para que tantos, especialmente chicos en la calle, dejen de ser el paisaje habitual; el dar amor al que está solo y no sólo al que se nos acerca.

No creamos que es el comer o el ayunar lo que importa. Lo que hace verdadero el ayuno es el espíritu con que se come o se ayuna. Si pasar hambre fuera una bendición, serían benditos todos los hambrientos de la tierra y no tendríamos porque preocuparnos. «Ningún acto de virtud puede ser grande si de él no se sigue también provecho para los otros... Así pues, por más que te pases el día en ayunas, por más que duermas sobre el duro suelo, y comas ceniza, y suspires continuamente, si no haces bien a otros, no haces nada grande».San Juan Crisóstomo

Jesús ayunó según la tradición de su pueblo pero también compartió la mesa de ricos y pobres, de los justos y pecadores. (Mt. ll,l9).

Ayunemos desde la solidaridad concreta como manifestación visible de la caridad de Cristo en nuestra vida. Así tiene sentido nuestro ayuno como gesto profético y acción eficaz. Así cobra sentido nuestro ayunar para que otros no ayunen. Ayunar es amar.

Necesitamos vivir la profundidad de no darle tanta importancia a la comida de la que nos privamos sino a la comida que posibilitamos a un hambriento con nuestras privaciones. Que nuestro ayuno voluntario sea el que impida tantos ayunos obligados de los pobres. Ayunar para que nadie tenga que ayunar a la fuerza.

Iniciando la cuaresma, benditos sean estos cuarenta días si nos entrenan el corazón en la actitud permanente de partir y repartir nuestro pan y nuestra vida con los más necesitados. Nuestro ayuno no puede ser dádiva ocasional sino una invitación a crecer en la libertad por la cual experimentamos que no es más feliz el que más tiene, sino el que más comparte porque ha entrado en la dinámica del amor gratuito de Dios.

Estamos en un tiempo marcado por la misión, no como gesto extraordinario sino como un modo de ser Iglesia en Buenos Aires. Cada gesto pastoral deseamos que no se agote en sí mismo sino que marque una brecha, genere una actitud que permanezca. En esta línea, queremos que el gesto solidario de cuaresma que realizamos desde hace ya varios años, nos permita rubricar el anuncio de la buena noticia, de que por el bautismo somos una familia que siente y vive como propias las angustias y dolores de todos, y todos los días del año.

Quiero agradecerles todo lo que se ha podido realizar a través de los gestos solidarios de los años anteriores y los animo a que la caridad viva sea el signo que acredite nuestras palabras de anuncio del Reino.

Que Dios los bendiga y le regale una Santa Cuaresma vivida den el amor de Dios por su pueblo

Cardenal Jorge Mario Bergoglio S.J.

14:37 | Autor Iglesia Hogar

«Con Cristo sois sepultados en el Bautismo,
con él también habéis resucitado»
(cf. Col 2, 12)



Queridos hermanos y hermanas:

La Cuaresma, que nos lleva a la celebración de la Santa Pascua, es para la Iglesia un tiempo litúrgico muy valioso e importante, con vistas al cual me alegra dirigiros unas palabras específicas para que lo vivamos con el debido compromiso. La Comunidad eclesial, asidua en la oración y en la caridad operosa, mientras mira hacia el encuentro definitivo con su Esposo en la Pascua eterna, intensifica su camino de purificación en el espíritu, para obtener con más abundancia del Misterio de la redención la vida nueva en Cristo Señor (cf. Prefacio I de Cuaresma).

1. Esta misma vida ya se nos transmitió el día del Bautismo, cuando «al participar de la muerte y resurrección de Cristo» comenzó para nosotros «la aventura gozosa y entusiasmante del discípulo» (Homilía en la fiesta del Bautismo del Señor, 10 de enero de 2010). San Pablo, en sus Cartas, insiste repetidamente en la comunión singular con el Hijo de Dios que se realiza en este lavacro. El hecho de que en la mayoría de los casos el Bautismo se reciba en la infancia pone de relieve que se trata de un don de Dios: nadie merece la vida eterna con sus fuerzas. La misericordia de Dios, que borra el pecado y permite vivir en la propia existencia «los mismos sentimientos que Cristo Jesús» (Flp 2, 5) se comunica al hombre gratuitamente.

El Apóstol de los gentiles, en la Carta a los Filipenses, expresa el sentido de la transformación que tiene lugar al participar en la muerte y resurrección de Cristo, indicando su meta: que yo pueda «conocerle a él, el poder de su resurrección y la comunión en sus padecimientos hasta hacerme semejante a él en su muerte, tratando de llegar a la resurrección de entre los muertos» (Flp 3, 10-11). El Bautismo, por tanto, no es un rito del pasado sino el encuentro con Cristo que conforma toda la existencia del bautizado, le da la vida divina y lo llama a una conversión sincera, iniciada y sostenida por la Gracia, que lo lleve a alcanzar la talla adulta de Cristo.

Un nexo particular vincula al Bautismo con la Cuaresma como momento favorable para experimentar la Gracia que salva. Los Padres del Concilio Vaticano II exhortaron a todos los Pastores de la Iglesia a utilizar «con mayor abundancia los elementos bautismales propios de la liturgia cuaresmal» (Sacrosanctum Concilium, 109). En efecto, desde siempre, la Iglesia asocia la Vigilia Pascual a la celebración del Bautismo: en este Sacramento se realiza el gran misterio por el cual el hombre muere al pecado, participa de la vida nueva en Jesucristo Resucitado y recibe el mismo espíritu de Dios que resucitó a Jesús de entre los muertos (cf. Rm 8, 11). Este don gratuito debe ser reavivado en cada uno de nosotros y la Cuaresma nos ofrece un recorrido análogo al catecumenado, que para los cristianos de la Iglesia antigua, así como para los catecúmenos de hoy, es una escuela insustituible de fe y de vida cristiana: viven realmente el Bautismo como un acto decisivo para toda su existencia.

2. Para emprender seriamente el camino hacia la Pascua y prepararnos a celebrar la Resurrección del Señor —la fiesta más gozosa y solemne de todo el Año litúrgico—, ¿qué puede haber de más adecuado que dejarnos guiar por la Palabra de Dios? Por esto la Iglesia, en los textos evangélicos de los domingos de Cuaresma, nos guía a un encuentro especialmente intenso con el Señor, haciéndonos recorrer las etapas del camino de la iniciación cristiana: para los catecúmenos, en la perspectiva de recibir el Sacramento del renacimiento, y para quien está bautizado, con vistas a nuevos y decisivos pasos en el seguimiento de Cristo y en la entrega más plena a él.

El primer domingo del itinerario cuaresmal subraya nuestra condición de hombre en esta tierra. La batalla victoriosa contra las tentaciones, que da inicio a la misión de Jesús, es una invitación a tomar conciencia de la propia fragilidad para acoger la Gracia que libera del pecado e infunde nueva fuerza en Cristo, camino, verdad y vida (cf. Ordo Initiationis Christianae Adultorum, n. 25). Es una llamada decidida a recordar que la fe cristiana implica, siguiendo el ejemplo de Jesús y en unión con él, una lucha «contra los Dominadores de este mundo tenebroso» (Ef 6, 12), en el cual el diablo actúa y no se cansa, tampoco hoy, de tentar al hombre que quiere acercarse al Señor: Cristo sale victorioso, para abrir también nuestro corazón a la esperanza y guiarnos a vencer las seducciones del mal.

El Evangelio de la Transfiguración del Señor pone delante de nuestros ojos la gloria de Cristo, que anticipa la resurrección y que anuncia la divinización del hombre. La comunidad cristiana toma conciencia de que es llevada, como los Apóstoles Pedro, Santiago y Juan «aparte, a un monte alto» (Mt 17, 1), para acoger nuevamente en Cristo, como hijos en el Hijo, el don de la gracia de Dios: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco; escuchadle» (v. 5). Es la invitación a alejarse del ruido de la vida diaria para sumergirse en la presencia de Dios: él quiere transmitirnos, cada día, una palabra que penetra en las profundidades de nuestro espíritu, donde discierne el bien y el mal (cf.Hb 4, 12) y fortalece la voluntad de seguir al Señor.

La petición de Jesús a la samaritana: «Dame de beber» (Jn 4, 7), que se lee en la liturgia del tercer domingo, expresa la pasión de Dios por todo hombre y quiere suscitar en nuestro corazón el deseo del don del «agua que brota para vida eterna» (v. 14): es el don del Espíritu Santo, que hace de los cristianos «adoradores verdaderos» capaces de orar al Padre «en espíritu y en verdad» (v. 23). ¡Sólo esta agua puede apagar nuestra sed de bien, de verdad y de belleza! Sólo esta agua, que nos da el Hijo, irriga los desiertos del alma inquieta e insatisfecha, «hasta que descanse en Dios», según las célebres palabras de san Agustín.

El domingo del ciego de nacimiento presenta a Cristo como luz del mundo. El Evangelio nos interpela a cada uno de nosotros: «¿Tú crees en el Hijo del hombre?». «Creo, Señor» (Jn 9, 35.38), afirma con alegría el ciego de nacimiento, dando voz a todo creyente. El milagro de la curación es el signo de que Cristo, junto con la vista, quiere abrir nuestra mirada interior, para que nuestra fe sea cada vez más profunda y podamos reconocer en él a nuestro único Salvador. Él ilumina todas las oscuridades de la vida y lleva al hombre a vivir como «hijo de la luz».

Cuando, en el quinto domingo, se proclama la resurrección de Lázaro, nos encontramos frente al misterio último de nuestra existencia: «Yo soy la resurrección y la vida... ¿Crees esto?» (Jn 11, 25-26). Para la comunidad cristiana es el momento de volver a poner con sinceridad, junto con Marta, toda la esperanza en Jesús de Nazaret: «Sí, Señor, yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que iba a venir al mundo» (v. 27). La comunión con Cristo en esta vida nos prepara a cruzar la frontera de la muerte, para vivir sin fin en él. La fe en la resurrección de los muertos y la esperanza en la vida eterna abren nuestra mirada al sentido último de nuestra existencia: Dios ha creado al hombre para la resurrección y para la vida, y esta verdad da la dimensión auténtica y definitiva a la historia de los hombres, a su existencia personal y a su vida social, a la cultura, a la política, a la economía. Privado de la luz de la fe todo el universo acaba encerrado dentro de un sepulcro sin futuro, sin esperanza.

El recorrido cuaresmal encuentra su cumplimiento en el Triduo Pascual, en particular en la Gran Vigilia de la Noche Santa: al renovar las promesas bautismales, reafirmamos que Cristo es el Señor de nuestra vida, la vida que Dios nos comunicó cuando renacimos «del agua y del Espíritu Santo», y confirmamos de nuevo nuestro firme compromiso de corresponder a la acción de la Gracia para ser sus discípulos.

3. Nuestro sumergirnos en la muerte y resurrección de Cristo mediante el sacramento del Bautismo, nos impulsa cada día a liberar nuestro corazón del peso de las cosas materiales, de un vínculo egoísta con la «tierra», que nos empobrece y nos impide estar disponibles y abiertos a Dios y al prójimo. En Cristo, Dios se ha revelado como Amor (cf. 1 Jn 4, 7-10). La Cruz de Cristo, la «palabra de la Cruz» manifiesta el poder salvífico de Dios (cf. 1 Co 1, 18), que se da para levantar al hombre y traerle la salvación: amor en su forma más radical (cf. Enc. Deus caritas est, 12). Mediante las prácticas tradicionales del ayuno, la limosna y la oración, expresiones del compromiso de conversión, la Cuaresma educa a vivir de modo cada vez más radical el amor de Cristo. Elayuno, que puede tener distintas motivaciones, adquiere para el cristiano un significado profundamente religioso: haciendo más pobre nuestra mesa aprendemos a superar el egoísmo para vivir en la lógica del don y del amor; soportando la privación de alguna cosa —y no sólo de lo superfluo— aprendemos a apartar la mirada de nuestro «yo», para descubrir a Alguien a nuestro lado y reconocer a Dios en los rostros de tantos de nuestros hermanos. Para el cristiano el ayuno no tiene nada de intimista, sino que abre mayormente a Dios y a las necesidades de los hombres, y hace que el amor a Dios sea también amor al prójimo (cf. Mc 12, 31).

En nuestro camino también nos encontramos ante la tentación del tener, de la avidez de dinero, que insidia el primado de Dios en nuestra vida. El afán de poseer provoca violencia, prevaricación y muerte; por esto la Iglesia, especialmente en el tiempo cuaresmal, recuerda la práctica de lalimosna, es decir, la capacidad de compartir. La idolatría de los bienes, en cambio, no sólo aleja del otro, sino que despoja al hombre, lo hace infeliz, lo engaña, lo defrauda sin realizar lo que promete, porque sitúa las cosas materiales en el lugar de Dios, única fuente de la vida. ¿Cómo comprender la bondad paterna de Dios si el corazón está lleno de uno mismo y de los propios proyectos, con los cuales nos hacemos ilusiones de que podemos asegurar el futuro? La tentación es pensar, como el rico de la parábola: «Alma, tienes muchos bienes en reserva para muchos años... Pero Dios le dijo: “¡Necio! Esta misma noche te reclamarán el alma”» (Lc 12, 19-20). La práctica de la limosna nos recuerda el primado de Dios y la atención hacia los demás, para redescubrir a nuestro Padre bueno y recibir su misericordia.

En todo el período cuaresmal, la Iglesia nos ofrece con particular abundancia la Palabra de Dios. Meditándola e interiorizándola para vivirla diariamente, aprendemos una forma preciosa e insustituible de oración, porque la escucha atenta de Dios, que sigue hablando a nuestro corazón, alimenta el camino de fe que iniciamos en el día del Bautismo. La oración nos permite también adquirir una nueva concepción del tiempo: de hecho, sin la perspectiva de la eternidad y de la trascendencia, simplemente marca nuestros pasos hacia un horizonte que no tiene futuro. En la oración encontramos, en cambio, tiempo para Dios, para conocer que «sus palabras no pasarán» (cf. Mc 13, 31), para entrar en la íntima comunión con él que «nadie podrá quitarnos» (cf. Jn 16, 22) y que nos abre a la esperanza que no falla, a la vida eterna.

En síntesis, el itinerario cuaresmal, en el cual se nos invita a contemplar el Misterio de la cruz, es «hacerme semejante a él en su muerte» (Flp 3, 10), para llevar a cabo una conversión profunda de nuestra vida: dejarnos transformar por la acción del Espíritu Santo, como san Pablo en el camino de Damasco; orientar con decisión nuestra existencia según la voluntad de Dios; liberarnos de nuestro egoísmo, superando el instinto de dominio sobre los demás y abriéndonos a la caridad de Cristo. El período cuaresmal es el momento favorable para reconocer nuestra debilidad, acoger, con una sincera revisión de vida, la Gracia renovadora del Sacramento de la Penitencia y caminar con decisión hacia Cristo.

Queridos hermanos y hermanas, mediante el encuentro personal con nuestro Redentor y mediante el ayuno, la limosna y la oración, el camino de conversión hacia la Pascua nos lleva a redescubrir nuestro Bautismo. Renovemos en esta Cuaresma la acogida de la Gracia que Dios nos dio en ese momento, para que ilumine y guíe todas nuestras acciones. Lo que el Sacramento significa y realiza estamos llamados a vivirlo cada día siguiendo a Cristo de modo cada vez más generoso y auténtico. Encomendamos nuestro itinerario a la Virgen María, que engendró al Verbo de Dios en la fe y en la carne, para sumergirnos como ella en la muerte y resurrección de su Hijo Jesús y obtener la vida eterna.

Vaticano, 4 de noviembre de 2010

BENEDICTUS PP. XVI

© Copyright 2010 - Libreria Editrice Vaticana